Ayer dos de mis alumnos, de 7 años, mantenían una animada discusión. Les vi, o más bien les oí por lo elevado de su tono de voz, y me acerqué a averiguar qué sucedía. Al verme, uno de ellos vio la oportunidad de que alguien mayor, una autoridad para ellos, validara su teoría frente a la de su compañero. Sin dudarlo y con voz muy clara me dijo:
- Albert, ¿verdad que Dios está muerto?
La pregunta me sorprendió y me descolocó totalmente.
- ¿Qué si está muerto? Evidentemente y sin dudarlo puedo afirmar que lo está. ¿Acaso no habéis visto su imagen por todos lados en la que aparece apaleado, clavado, desangrado, inerte y sin vida? ¡Pero si hasta la llevamos colgada del cuello! ¿Qué mejor prueba que esa? A ver, ¿Cuántas veces le pedimos cosas, que nos ayude a pasar un mal momento, que mire por la salud de un familiar, que nos indique el camino a seguir,… sin obtener respuesta? ¿Y qué me decís del mundo? ¿Quizás las guerras, la pobreza, el racismo, el hambre, la intolerancia, no son pruebas fehacientes de su muerte definitiva?
Evidentemente ésa no ha sido mi respuesta a pesar de que para muchos esos argumentos hubieran sido perfectamente válidos. Y yo me pregunto: ¿qué puede pensar realmente un niño frente a esa realidad que se encuentra día a día, frente a esos argumentos que nos pueden llevar a pensar que Dios está realmente muerto o que, en el caso de que no lo esté, es un incompetente o que quizás no tiene nada de todopoderoso?
En mi opinión la culpa de la muerte de Dios, porque realmente para muchos lo está, es la imagen que nos han enseñado y que desgraciadamente seguimos enseñando a las nuevas generaciones. Y creo que la clave está precisamente en ese verbo: enseñar. ¿Por qué no dejamos de enseñar a Dios y nos ponemos a vivir a Dios? Pongámonos a vivir ese Dios que está en el interior de cada uno de nosotros, el Dios que hay en quienes nos rodean: en la familia, en los amigos, en los compañeros. Vivamos el Dios de la ciudad, el de la naturaleza, el del trabajo. Vivamos el Dios de Dios: el AMOR. Ese Dios sí que nos escucha y nos da respuestas. Ese Dios sí que planta cara a guerras, pobreza, hambre, intolerancia. Ese Dios sí. ¡El amor sí!
Hoy el mismo alumno que ayer me planteó la pregunta ha vuelto a reclamar mi atención:
- Albert ¿esto que tiene la tortilla es atún?
- Sí.
- Ah, vale. Albert, ¿la tortilla es de queso?
Otro dilema filosófico que para él está al mismo nivel que la muerte de Dios: ¿una tortilla que lleva atún es una tortilla de queso? Reflexionemos.
27 de septiembre de 2007


1 comentarios:
Muy bueno y tambien muy atrevido
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