Cada vez que pongo en mi voz sus palabras una especie de fuerza incontrolable se apodera de mi interior. El corazón me late más acelerado que nunca y experimento sentimientos paralelos a los que habitan en las palabras pronunciadas, como si las palabras fueran la expresión de mis propios sentimientos.
Es entonces cuando siento como si mi voz dejara de ser mía y pasara a ser su voz. Es entonces cuando su voz penetra con más fuerza dentro de mi ser, como si yo fuera un oyente más, como si no fuera mi voz la que habla... Es entonces cuando me siento instrumento, voz, mensajero ante aquellos que escuchan, frente de mí mismo.
Y también es entonces cuando aparece la maldita racionalidad humana que me hace sentir ridículo. Ridículo por dejarme llevar por esas cosas irracionales, sin demostración, producto de.... ¿mi imaginación? ¿O quizás ridículo por pretender ser instrumento, ser mensajero, ser voz... Por pretender sentirme... escogido?
Como siempre la lucha entre la racionalidad y esas sensaciones, que poco a poco se transforman en certezas, se vuelve feroz. Y pese al poder de la razón, el deseo interior espera con anhelo volver a sentirme... escogido.
8 de marzo de 2006


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada