Junto a la escuela dónde trabajo, hay una iglesia. Hace tiempo que descubrí Cristo Crucificado que hay en la entrada. Tiene una particularidad: está vivo. Tiene los ojos abiertos y mira el cielo. Y su mirada tiene algo especial que me cautiva. Entro muy a menudo y lo observo, nada más. Tengo suficiente con esto.
Pero de hace unos días que me cuesta entrar. De hecho, hoy mismo estaba en la puerta y he dado media vuelta. ¿Será, quizás, que el ambiente de Navidad me lleva hacia otra imagen de Jesús? ¿Hacia el Jesús del pesebre? ¿O es que este ambiente que nos rodea lo que hace es precisamente alejarme de él? Sí, creo que el ambiente navideño, el de la gente comprando compulsivamente, el de las cenas obligadas con “amigo invisible” incluido a alguien que ni siquiera te cae bien, el de las comidas familiares dónde lo importante es comer por encima de todo,... me aleja de la verdadera Navidad, del Jesús que habitualmente me acompaña, del que me sigue acompañando pese a que ahora me sienta fuera de órbita. Por suerte, su doctrina, su mensaje: el amor, está firmemente arraigado el mí. Confío en que pese a las compras, los “amigos invisibles”, los ágapes opulentos, nacerá de nuevo el veinticinco y también el veintiséis y el veintisiete y el resto de días del año, de la vida. Nacer de nuevo, esa es la clave.
Mañana entraré de nuevo y me dejaré cautivar por aquella mirada.
Pero de hace unos días que me cuesta entrar. De hecho, hoy mismo estaba en la puerta y he dado media vuelta. ¿Será, quizás, que el ambiente de Navidad me lleva hacia otra imagen de Jesús? ¿Hacia el Jesús del pesebre? ¿O es que este ambiente que nos rodea lo que hace es precisamente alejarme de él? Sí, creo que el ambiente navideño, el de la gente comprando compulsivamente, el de las cenas obligadas con “amigo invisible” incluido a alguien que ni siquiera te cae bien, el de las comidas familiares dónde lo importante es comer por encima de todo,... me aleja de la verdadera Navidad, del Jesús que habitualmente me acompaña, del que me sigue acompañando pese a que ahora me sienta fuera de órbita. Por suerte, su doctrina, su mensaje: el amor, está firmemente arraigado el mí. Confío en que pese a las compras, los “amigos invisibles”, los ágapes opulentos, nacerá de nuevo el veinticinco y también el veintiséis y el veintisiete y el resto de días del año, de la vida. Nacer de nuevo, esa es la clave.
Mañana entraré de nuevo y me dejaré cautivar por aquella mirada.


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