Ya tengo el pesebre a punto. Ayer por la mañana subí al desván para sacar la caja dónde guardo todo el material y me entretuve en montarlo: los trozos de corcho simulando las rocas, la tierra, el musgo, los árboles y finalmente las figuritas.
Recuerdo haber hecho esto toda la vida. Primero era mi madre quien lo hacía y yo siempre la observaba. Después empecé a hacerlo yo. Unos años más grande, otros más pequeño. Simulando las montañas o un desierto o, incluso, la playa. Hasta hoy.
Recuerdo haber hecho esto toda la vida. Primero era mi madre quien lo hacía y yo siempre la observaba. Después empecé a hacerlo yo. Unos años más grande, otros más pequeño. Simulando las montañas o un desierto o, incluso, la playa. Hasta hoy.
Sí, el pesebre ya está a punto. Pero ¿y yo? ¿También estoy a punto? ¿Nos preocupamos de prepararnos, igual como hacemos con el pesebre, para esta fiesta que es la Navidad? El nacimiento de un niño es la consecuencia de un acto de amor. Él mismo constituye ese acto de amor. Y si eso es así, ¿será que Jesús nos trajo su mensaje desde el momento en que nació? Quizás no hace falta esperar a que diga aquello de “amaos los unos a los otros”, quizás no hace falta esperar la cruz, quizás no hace falta esperar su muerte. Quizás no hace falta seguir esperando. Quizás sólo nos hace falta prepararnos, abrir los ojos y mirar. Mirar de verdad todo lo que nos rodea. Mirar las “figuritas” del pesebre real que vivimos día a día. Y encontrar el amor. Es más sencillo de lo que parece.
El pesebre ya está punto. Pasado mañana nos reuniremos la familia y pasaremos el día juntos. Será un buen momento para abrir los ojos. Para mirar y para prepararnos porque al día siguiente volverá a nacer. Nacerá todos y cada uno de los días del año.


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