La música y las canciones me han acompañado por el camino de mi fe. Muchas de ellas han dejado una marca profunda en mi espíritu, me han ofrecido mucho más que algunas lecturas bíblicas o sermones. Esas letras y melodías forman parte de mi espiritualidad. La música y las canciones son una buena forma de difundir mensajes, son una buena forma de llegar a las personas. Me gustaría ir compartiendo algunas de esas canciones que forman parte de mi fe.
En agosto de 1996 vivimos una gran experiencia en Chile. Conocí una nueva forma de acercarse a Dios, de sentirse junto a él. Las canciones jugaron un papel muy importante en aquella experiencia. Ésta probablemente es de las que me marcaron más.
CANCIÓN DEL MISIONERO
Señor, toma mi vida nueva
antes de que la espera
desgaste años en mí.
Estoy dispuesto a lo que quieras,
no importa lo que sea,
tú llámame a servir.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
Te doy mi corazón sincero
para gritar sin miedo
tu grandeza, Señor.
Tendré mis manos sin cansancio,
tu historia entre mis labios
y fuerza en la oración.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
Y así, en marcha iré cantando
por calles predicando
lo bello que es tu amor.
Señor, tengo alma misionera,
condúceme a la tierra
que tenga sed de Dios.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
El texto de esta canción me parece sencillamente maravilloso. Cuando la escuché por primera vez pensé: ¡expresa mis sentimientos! Llegó en un momento muy especial de mi camino de fe. Un momento de aquellos en los que uno se plantea tantas y tantas cosas, cuando uno siente que tiene una misión que cumplir, cuando uno necesita llevar a cabo esa misión. Ese era mi sentimiento entonces: tenía la certeza de que debía hacer algo, que tenía una misión, pero no sabía cuál era. El lugar donde me encontraba, las personas que me rodeaban (algunas de ellas verdaderos misioneros), el ambiente que vivía, me hicieron intuir cual podía ser esa misión. Ahí empezaba el camino, un camino que aun sigue, un camino para toda la vida, un camino para gritar sin miedo tu grandeza, Señor, un camino para tener mis manos sin cansancio, tu historia entre mis labios…
En agosto de 1996 vivimos una gran experiencia en Chile. Conocí una nueva forma de acercarse a Dios, de sentirse junto a él. Las canciones jugaron un papel muy importante en aquella experiencia. Ésta probablemente es de las que me marcaron más.
CANCIÓN DEL MISIONERO
Señor, toma mi vida nueva
antes de que la espera
desgaste años en mí.
Estoy dispuesto a lo que quieras,
no importa lo que sea,
tú llámame a servir.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
Te doy mi corazón sincero
para gritar sin miedo
tu grandeza, Señor.
Tendré mis manos sin cansancio,
tu historia entre mis labios
y fuerza en la oración.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
Y así, en marcha iré cantando
por calles predicando
lo bello que es tu amor.
Señor, tengo alma misionera,
condúceme a la tierra
que tenga sed de Dios.
Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.
El texto de esta canción me parece sencillamente maravilloso. Cuando la escuché por primera vez pensé: ¡expresa mis sentimientos! Llegó en un momento muy especial de mi camino de fe. Un momento de aquellos en los que uno se plantea tantas y tantas cosas, cuando uno siente que tiene una misión que cumplir, cuando uno necesita llevar a cabo esa misión. Ese era mi sentimiento entonces: tenía la certeza de que debía hacer algo, que tenía una misión, pero no sabía cuál era. El lugar donde me encontraba, las personas que me rodeaban (algunas de ellas verdaderos misioneros), el ambiente que vivía, me hicieron intuir cual podía ser esa misión. Ahí empezaba el camino, un camino que aun sigue, un camino para toda la vida, un camino para gritar sin miedo tu grandeza, Señor, un camino para tener mis manos sin cansancio, tu historia entre mis labios…



