sábado 27 de octubre de 2007

Canción del misionero

La música y las canciones me han acompañado por el camino de mi fe. Muchas de ellas han dejado una marca profunda en mi espíritu, me han ofrecido mucho más que algunas lecturas bíblicas o sermones. Esas letras y melodías forman parte de mi espiritualidad. La música y las canciones son una buena forma de difundir mensajes, son una buena forma de llegar a las personas. Me gustaría ir compartiendo algunas de esas canciones que forman parte de mi fe.

En agosto de 1996 vivimos una gran experiencia en Chile. Conocí una nueva forma de acercarse a Dios, de sentirse junto a él. Las canciones jugaron un papel muy importante en aquella experiencia. Ésta probablemente es de las que me marcaron más.

CANCIÓN DEL MISIONERO

Señor, toma mi vida nueva
antes de que la espera
desgaste años en mí.
Estoy dispuesto a lo que quieras,
no importa lo que sea,
tú llámame a servir.

Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.

Te doy mi corazón sincero
para gritar sin miedo
tu grandeza, Señor.
Tendré mis manos sin cansancio,
tu historia entre mis labios
y fuerza en la oración.

Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.

Y así, en marcha iré cantando
por calles predicando
lo bello que es tu amor.
Señor, tengo alma misionera,
condúceme a la tierra
que tenga sed de Dios.

Llévame donde la gente
necesite tus palabras,
necesite mis ganas de vivir,
donde falte la esperanza,
donde falte la alegría,
simplemente por no saber de ti.


El texto de esta canción me parece sencillamente maravilloso. Cuando la escuché por primera vez pensé: ¡expresa mis sentimientos! Llegó en un momento muy especial de mi camino de fe. Un momento de aquellos en los que uno se plantea tantas y tantas cosas, cuando uno siente que tiene una misión que cumplir, cuando uno necesita llevar a cabo esa misión. Ese era mi sentimiento entonces: tenía la certeza de que debía hacer algo, que tenía una misión, pero no sabía cuál era. El lugar donde me encontraba, las personas que me rodeaban (algunas de ellas verdaderos misioneros), el ambiente que vivía, me hicieron intuir cual podía ser esa misión. Ahí empezaba el camino, un camino que aun sigue, un camino para toda la vida, un camino para gritar sin miedo tu grandeza, Señor, un camino para tener mis manos sin cansancio, tu historia entre mis labios…

domingo 21 de octubre de 2007

Recuerdo de Chile 1997

Esta tarde me he quedado solo en casa y he decidido mirar fotografías. He ido directo al álbum de mi viaje a Chile de septiembre de 1997, mi segundo viaje a esa tierra. Voy pasando las hojas y muchos rostros aparecen y parece que me observan. Y sus miradas me lanzan a una carrera de recuerdos que se amontonan en mi mente. ¡Cuántas vivencias! Me entretengo en dos imágenes concretas que tienen un enorme significado para mí.
* * *

Día 11 de septiembre de 1997

Aurelia (la madre Aurelia para muchos, para mí, mi amiga Aurelia) me invita a participar en la manifestación de protesta por el golpe de estado de Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Vamos un grupo de gente de la capilla, adultos y niños. El ambiente es festivo. Llegamos rodeados de un fuerte dispositivo policial al cementerio donde se encuentra el monumento en memoria de los desaparecidos durante la dictadura. Allí nos disponemos a escuchar un manifiesto de repulsa pero antes de que pueda finalizar empiezan a llover los botes de gas lacrimógeno, las balas de goma, el agua a presión… Corremos. Casi no hay visibilidad. No se puede respirar. La gente grita, se empuja. ¡Los niños! ¿Dónde están los niños? Me giro para localizarlos y veo a Aurelia en el suelo. Corro a por ella. Los gases casi la tienen inmovilizada. La levanto casi a peso y mientras seguimos en la huida localizo a los niños. Salimos de aquel lugar. Respiramos aire fresco. El corazón va a mil. La mente dice ¿qué hago yo aquí? Y una voz responde: este era hoy tu lugar.
* * *
Día 19 de septiembre de 1997

Joan Alsina era un sacerdote catalán que hacía su trabajo en Santiago de Chile. Unos días después del golpe de estado de Pinochet fue detenido y ejecutado sin juicio alguno. Le llevaron al puente Bulnes sobre el rio Mapocho y allí le fusilaron. Joan, cuando fueron a taparle los ojos, se dirigió a su asesino y le dijo: mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón. Era el día 19 de septiembre de 1973. Veinticuatro años más tarde fuimos en el día del aniversario de su asesinato a visitar su tumba. Allí cada uno de los asistentes depositamos un clavel rojo y guardamos unos minutos de silencio y reflexión. Para finalizar nuestro sencillo homenaje, me pidieron que dijera un padrenuestro en catalán lengua materna del padre Joan.

Han pasado bastantes años desde aquellas dos experiencias. Experiencias que no dudo en decir que me acercaron a Dios porque fue su mano quien me puso ahí. Recuerdo que alguien, después de relatar la experiencia de la huida del cementerio, dijo: suerte que tú estabas ahí. Quizás sí que debía estar ahí, quizás sí que alguien me llevó allí para poder ayudar a Aurelia, para poder cuidar de los chicos, quizás… En todo caso diría que, si eso fue así, tan solo fui un instrumento, una pieza más. Quizás también alguien me llevó frente a la tumba de Joan, quizás también me hizo pronunciar el padrenuestro en nuestro idioma, el de Joan y el mío, quizás… ¿De nuevo instrumento?

¡Qué privilegio poder ser instrumento!

20 de septiembre de 2007

viernes 5 de octubre de 2007

Camino

Camino. Como siempre. Una fuerza desconocida, ¿quizás Dios?, me empuja a hacerlo. Sigo el camino. El camino me aleja y a la vez me acerca. El sol me calienta, es agradable sentirlo sobre la piel. Hace algo de viento. Es fresco. Contrarresta el calor del sol. La naturaleza me rodea. La observo. A más que miras, más colores surgen de cada rincón. Los colores me rodean. Se apoderan de mí. Soy parte de ellos. Soy parte de la naturaleza. Sigo andando en medio de verdes, marrones, azules... Las piedras me atraen, me gritan. Me detengo. Tomo una entre las manos. Siento su forma en mis dedos. La huelo. Tiene aroma de tierra. De tierra húmeda. Me siento parte de ella, soy parte de la tierra. Reemprendo el camino. Hace subida y cuesta. La respiración se acelera. El andar es más lento. Llego al final de la subida. Las ruinas de una casa me llaman a explorarlas. Entro y me muevo en medio de piedras caídas y de vigas de madera malograda por las carcomas. ¿Qué secretos esconden? ¿De qué son testigos? Escucho atentamente. El viento, que sigue soplando, parece traer la respuesta: son testigo del pasado. Pero ese pasado se hace presente en cada piedra para perdurar en el tiempo. Dejo las ruinas y el camino me lleva hasta un cruce. Debo decidir: izquierda o derecha. Pero hay una tercera opción que es volver atrás. Miro a un lado, miro al otro, me giro y echo una ojeada al camino recorrido. Regreso. Esta es la opción. Por la misma senda que ahora no es la misma. Ahora tengo el sol de cara y el viento sopla a mi favor. Veo otros colores, otras piedras, una naturaleza nueva observada con unos ojos diferentes porque ahora tienen la experiencia vivida unos pocos minutos antes. Es el mismo camino y a la vez diferente. Y además del viento, me empuja un objetivo que antes no tenía: al final del camino encontraré mi casa y a mis hermanos. Y cuando mañana salga de nuevo a andar lo haré con la convicción de que siempre tendré un lugar dónde volver.

11 de febrero de 2007