sábado 22 de marzo de 2008

El silencio de María

Reflexión a propósito del dolor de una madre que pierde a su hijo de forma violenta y sin entender los motivos de su muerte.

* * *
EL SILENCIO DE MARÍA

JUAN: Madre, despierta. Tan solo era una pesadilla.

MARÍA: ¿Madre? ¿Por qué me llamas madre?

JUAN: Jesús lo dijo, ¿recuerdas?

MARÍA: ¿Cómo quieres que lo haya olvidado?

JUAN: Sus palabras resuenan en mi mente: “Madre ahí tienes a tu hijo y tú, ahí tienes a tu madre”.

MARÍA: Sí Juan. Él lo dijo. Pero mi hijo estaba clavado en el madero.



El hijo estaba clavado en el madero.
El hijo había sufrido el dolor de los golpes.
El hijo había sido coronado de espinas.
El hijo había sido insultado, humillado.

Y junto al hijo
la madre sufría el dolor de los golpes,
la madre sentía las espinas clavarse en su frente,
la madre se humillaba por los insultos.

Ella quería cambiarse por él.
Quería ocupar su lugar.
¿Qué madre soporta el sufrimiento de un hijo?
¿Qué madre soporta la muerte de un hijo?

A cada gota de sangre derramada
sus ojos liberaban una lágrima.
El silencio del hijo,
se convirtió en el silencio de la madre.

¿Quizás cedió a la resignación?
No.
Su silencio era silencio de dolor.
Sus sollozos apagados,
la rabia por la impotencia.
Impotencia ante la crueldad de sus semejantes.
Impotencia ante la injusticia.

Y esa impotencia
la clava en el mismo madero
que ocupa el hijo.

María muere lentamente junto a su niño.
María deja ir su último suspiro
junto al último suspiro de vida de Jesús.
María muere clavada en la cruz.

Muere en silencio.
El silencio es su único consuelo.
El silencio.


JUAN: Madre, yo cuidaré de ti.

MARÍA: Mi hijo estaba allí arriba, clavado.

JUAN: Madre, no te abandonaré jamás.

MARÍA: Mi hijo está en el sepulcro.

JUAN: Madre…

MARÍA: Mi hijo ya no está.